domingo, 5 de agosto de 2007

Las cosas por su nombre


Pocas veces he adherido las palabras o pensamientos del Sr. Álvarez Paz, pero este señor, con sus defectos y sus virtudes (como todos nosotros) tiene tiempo haciendo lo que yo he pregonado y pedido en cuanto foro, blog o página web he participado, algo que muy pocos políticos conocidos de la vieja “escuela” y muchos menos de la “nueva” han hecho; este señor tiene tiempo llamando a las cosas por su nombre.

Lo que transcribo a continuación expresa claramente una posición y una percepción que comparto al 100% y estoy seguro que otros, (muchos), también la comparten, muchos que, seguramente igual que yo, verán con una buena dosis de alivio que otras personas, a las que tal vez la opinión pública preste más atención que a nosotros, no solo comparte nuestra opinión, también la expresa públicamente y sin temor.

Lo copio literalmente de “Noticias 24” y al final le agrego el “Canto de los Hijos en Marcha” de Andrés Eloy Blanco, escrito por este gran poeta venezolano en 1929, en plena dictadura de Juan Vicente Gómez:

Venezuela en la hora definitiva
Por Oswaldo Álvarez Paz

“Si nadie responde a tu llamada, camina solo, camina solo”, inolvidable consejo del poeta bengalí Tagore.

“La batalla de Venezuela trasciende la necesidad de enfrentar a un mal gobierno y, en consecuencia, sustituir a quien lo dirige. Escapa a los esquemas electorales y alternativos. Toca a las raíces de nuestra nacionalidad. Se trata de algo existencial, de principios y valores que ven reducido el espacio para su vigencia. La fe del pueblo se desmorona gracias a la incertidumbre frente al futuro, el temor a la represión física e institucional del régimen y a la ausencia de una oposición recia que trabaje para ponerle punto final a esto en el menor tiempo posible. Repetimos cosas sabidas todas las semanas, de escándalos menores a mayores sin que ningún problema esté resuelto, ni en vías de solución.


En la oposición nos movemos en círculos discutiendo hasta el infinito lo que debería estar resuelto. Este gobierno no debe continuar, Chávez no merece ser Presidente y asumir los riesgos de trabajar para sustituirlo. No habría un salto en el vacío. Todo lo contrario. Gente, planes, proyectos e iniciativas abundan en todos los sectores esperando el cambio que nunca llega.

Pero la destrucción avanza. Con ella la comunización del país en nombre de este pestilente “socialismo del siglo XXI”, bazofia turbia de corrupción, ineficacia y muerte que a diario estremece al país. Desgraciadamente el tiempo es aliado del poder. La gente se acostumbra a todo. Quien vive al lado de las aguas negras termina por no percibir el mal olor, pierde hasta la aptitud para la náusea.

El país se cae a pedazos, la tristeza inunda este ambiente pantanoso que anuncia la muerte total y próxima de la libertad, de una democracia humillada y desprestigiada mediante la calumnia infame y las distorsiones históricas contempladas en el guión socialista. Frente a ello hay quienes mantienen la visión electoralista. Aferrarse a la salida electoral del referéndum es no querer abandonar la dulce tibieza de la comodidad.

En conciencia todos sabemos que ese camino, probadamente fracasado y tramposo, mantendrá el enfrentamiento entre unos opositores que piensan más en sí mismos que en Venezuela. Sobrevivir, coexistir con el régimen esperando a ver que pasa, los convierte en cómplices históricos del señor Chávez. Cuba y Venezuela son una misma nación, dijo recientemente. Allí nos enteramos, entre otras cosas, de la presencia de 30.000 cederristas cubanos (Comités de Defensa de la Revolución) asesorando al nuevo poder popular, más de 20.000 entrenadores que no sirvieron para nada en los recientes Panamericanos y más de $4.5 millones facturados a Cuba en nombre de la “solidaridad” socialista.

No hay alternativa distinta. O peleamos ya o nos rendimos para vivir sin patria, sin religión, sin bienes propios y lo que es más grave, sin hogar ni familia. Yo no podría. Por eso siento desprecio por quienes se esfuerzan por nadar como peces en estas aguas turbias”.


CANTO DE LOS HIJOS EN MARCHA


Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras;
que no vengan todos a pasar la noche rumiando pesares,
mientras tú me lloras;
que no esté la sala con los cuatro cirios
y yo en una urna, mirando hacia arriba;
que no estén las mesas llenas de remedios,
que no esté el pañuelo cubriéndome el rostro,
que no venga el mozo con la tarjetera,
ni cuelguen las flores de los candelabros
ni estén mis hermanas llorando en la sala,
ni estés tú sentada, con tu ropa nueva.
Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras.

Lléname la casa de hombres y mujeres
que cuenten el último amor de su vida;
que ardan en la sala flores impetuosas,
que en dos grandes copas quemen melaleuca,
que toquen violines el sueño de Schuman;
los frascos rebosen de vino y perfumes;
que me miren todos, que se digan todos
que tengo una cara de soldado muerto.

Lléname la casa
de flores regaladas, como en una selva.
Déjame en tu cuarto, cerca de tu cama;
con mis cuatro hermanas, hagamos consejo;
tenme de la mano, tenme de los labios,
como aquella noche de mi padre muerto,
y al cabo, dormidos iremos quedando,
uno con su muerte y otro con su sueño.

Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros,
con sus dos caballos gordos y pesados,
como de levita, como del Gobierno.

Que si traen caballos, traigan dos potrillos
finos de cabeza, delgados de remos,
que vayan saltando con claros relinchos,
como si apostaran cuál llega primero.
Que parezca, madre,
que voy a salirme de la caja negra
y a saltar al lomo del mejor caballo
y a volver al fuego.
Madre, si me matan,
que no venga el coche para los entierros.

Madre, si me matan,
y muero en los bosques o en mitad del llano,
pide a los soldados que te den tu muerto;
que los labradores y las labradoras
y tú y mis hermanas, derramando flores,
hasta un pueblo manso se lleven mi cuerpo;
que con unos juncos hagan angarillas,
que pongan mastranto y hojas y cayenas
y que así me lleven hasta un cementerio
con cerca de alambres y enredaderas.
Y cuando pasen los años
tráeme a mi pedazo, junto al padre muerto
y allí, que me pongan donde a ti te pongan,
en tu misma fosa y a tu lado izquierdo.
Madre, si me matan,
pide a los soldados que te den tu muerto.

Madre, si me matan, no me entierres todo,
de la herida abierta sácame una gota,
de la honda melena sácame una trenza;
cuando tengas frío, quémate en mi brasa;
cuando no respires, suelta mi tormenta.
Madre, si me matan, no me entierres todo.

Madre, si me matan,
ábreme la herida, ciérrame los ojos
y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo
y esa pobre mano por la que me matan,
pónmela en la herida por la que me muero.

Llora en un pañuelo que no tenga encajes;
ponme tu pañuelo
bajo la cabeza, triste todavía
por las despedida del último sueño,
bajo la cabeza como casa sola,
densa de un perfume de inquilino muerto.

Si vienen mujeres, diles, sin sollozos:
-¡Si hablara, qué lindas cosas te diría!
Ábreme la herida, ciérrame los ojos...

Y una palabra: JUSTICIA
escriban sobre la tumba.
Y un domingo, con sol afuera,
vengan la Madre y las Hermanas
y sonrían a la hermosa tumba
con nardos, violetas y helechos de agua
y hombres y mujeres del pueblo cercano
que digan mi nombre como de su casa
y alcen a los cielos cantos de victoria,
Madre, si me matan.

(Mayo de 1929)


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